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15 de julio de 2014

EL TURISMO LOBERO PUEDE SALVAR AL LOBO


La convivencia entre los grandes depredadores y el hombre genera conflictos que la biología y las políticas de conservación aún no han podido resolver completamente. En España contamos con dos ejemplos notorios: el oso pardo ibérico (Ursus arctos) y el lobo ibérico (Canis lupus signatus).

Cualquiera que haya trabajado o, simplemente, se haya interesado por estas especies en el campo, ha podido comprobar el odio visceral que reside en el inconsciente colectivo de la población humana local. El principal problema viene de la depredación de ganado. Las dos especies lo hacen, aunque el lobo, por abundancia y comportamiento, se ha convertido en el principal enemigo. Demonizado y perseguido sin tregua, este magnifico animal se ha valido de su adaptabilidad y sus altas tasas reproductoras para sobrevivir al veneno, a la caza legal e ilegal y a muchos de los intentos de exterminio sistemático.

En la Península Ibérica, a los lobos les ha ido mejor en el norte que en el sur. En los años 90, las poblaciones de esta especie al sur del río Duero, aún encontrándose estrictamente protegidas por el Convenio de Berna, fueron empujadas al borde mismo de la extinción. Desapareció de sus últimos bastiones extremeños, en la Sierra de San Pedro, y únicamente sobrevive un pequeño e indeterminado número de familias en las grandes fincas de caza mayor.

Para conservar a los grandes depredadores, imprescindibles para que los ecosistemas que habitan pervivan y con una presencia en nuestra historia y cultura que los convierte en un patrimonio único, es necesario cambiar la percepción de las gentes que conviven con ellos. Las personas que, evidentemente, sufren los daños económicos que, aunque tremendamente exagerados por otros intereses, han de llegar a pensar que tener lobos en su territorio les reporta un beneficio. No es de esperar más que tolerancia, al menos durante una generación, pero esto ya sería un gran logro a la hora de conservar a estas joyas biológicas.
Pedro, un buen amigo, nació, creció y se hizo hombre en una de las zonas loberas más densas de España. Me contaba como durante las fiestas de San Juan en su comarca era tradicional subir a la sierra para capturar una camada de lobo. Los cachorros, completamente indefensos en esas fechas, eran localizados por los pastores. El vaho de la respiración de los lobeznos acurrucados entre el brezo, bastaba para que los entrenados ojos de estos hombres de campo dieran con la escondida lobera y sellar su terrible destino. No participar en estas actividades, me contaba Pedro, suponía el rechazo social de toda la comunidad.

El turismo de naturaleza se ha convertido en una herramienta muy útil para conservar especies conflictivas. Empresas que ponen en práctica un turismo respetuoso con la naturaleza, que ayudan a difundir los valores naturales de la fauna salvaje, y que contribuyen a dinamizar economías locales generalmente deprimidas en estrecha colaboración con comercios y guías autóctonos, pueden ser decisivas en conservación, cuando las poblaciones locales perciban lobos, osos, tigres, jaguares o leopardos como fuentes de ingresos a preservar.

El turismo lobero puede salvar al lobo.

18 de septiembre de 2013

Los cérvidos europeos IV: El Gamo



Recorremos una de las maravillosas fincas de la sierra de Andújar en busca del lince ibérico (Lynx pardellus). Quedan pocos lugares en el mundo como este, en plena Sierra Morena, donde el bosque mediterráneo mantiene en gran medida todo su antiguo esplendor. En el camino hemos dejado atrás el viejo nido en árbol de la tímida cigüeña negra (Ciconia nigra). Los muflones (Ovis musimmon) se alimentan en los comederos de los toros bravos. La loba (Canis lupus signatus) ha criado a su prole en la vieja lobera, a pocos cientos de metros del cagarrutero del lince. Las grandes egagrópilas bajo la copa de la encina delatan el posadero del águila imperial ibérica (Aquila adalberti).La pareja del buitre negro (Aegypius monachus) nos sobrevuela. Al superar un recodo del camino, a la sombra de las enormes piedras graníticas, que aquí  llaman “saliegas”, el mismo monte parece cobrar vida cuando un grupo de machos de gamo (Dama dama) que descansa allí, se alertan y huyen de nuestra presencia.

Ante el maravilloso mimetismo del gamo, nadie diría que esta especie puebla el bosque mediterráneo por capricho del hombre. Desaparecido de las tierras ribereñas del Mediterráneo durante las glaciaciones, la belleza de este cérvido es el motivo por el cual, desde la Antigüedad, el hombre ha ido reintroduciendo al gamo en Europa, rescatándolo de sus reductos en Oriente Medio. Su docilidad, su bonita librea moteada, las cuernas en forma de pala de los machos o el elaborado escudo anal blanco y negro, le han hecho merecedor de la admiración del hombre, que lo mantiene como ornamento en parques y jardines o en cotos de caza, con fines cinegéticos. Una especie cercana, el gamo persa (Dama mesopotamica), se creyó extinta hasta que se descubrieron unos cuantos ejemplares en zonas remotas de Iran.

El gamo es un ciervo mediano y gregario. Protagoniza un celo semejante al del ciervo (Cervus elaphus), llamado “ronca”. Donde coincide con su pariente mayor, la “ronca” comienza inmediatamente después de la “berrea”, a principios de otoño. 

Un hermoso e interesante animal que podemos observar en nuestros tours por Doñana, Monfragüe, Andújar o Cazorla.  En ellos podemos descubrir diferentes representaciones del monte mediterráneo donde habita nuestro cérvido más hermoso, acompañado del resto de la gran fauna presente en estos ecosistemas.

6 de junio de 2013

EN LA VIEJA EUROPA (CRÓNICAS DE RUMANÍA)


En la vieja Europa, uno de los temas más interesantes para un naturalista es la relación entre el hombre y los animales. La inserción del ser humano en los ecosistemas transformados e intervenidos desde la prehistoria.

Durante la reciente expedición a Rumania de Ecowildlife, hemos recorrido los espacios naturales de este país observando su fauna y flora. Mamíferos emblemáticos como el oso o el castor, que disfrutan de un exitoso programa de reintroducción. Descomunales ciervos y jabalíes, sorprendentes para los que conocemos a sus primos ibéricos. Anfibios, con diferentes especies de anuro y urodelos, a los que hemos contemplado y asistido a sus, en ocasiones, impresionantes manifestaciones sonoras: Sapo de vientre amarillo, sapo común y sapo verde, rana verde europea, salamandra, tritón alpino o ranita de San Antón. Aves muy apreciadas por los ornitólogos como el somormujo cuellirrojo, el pito cano o el fumarel aliblanco o misteriosas especies forestales como el pito negro y el urogallo.

La observación de fauna es una forma más de interacción entre el hombre y los animales salvajes y ésta ha sido nuestra principal actividad mientras guiábamos a los chicos de la EFA Malvesía por aquellos parajes del este de Europa. Sin embargo, también hemos podido presenciar otro tipo de relación entre el hombre y las bestias, tan ancestral como la pura contemplación. La depredación. La sensación de transitar un espacio verdaderamente salvaje sólo provoca con intensidad sentirse un eslabón más de la cadena trófica.
Observábamos a cinco osos pardos alimentándose de una carroña en Vala Strembei, desde la seguridad de una caseta forestal construida al efecto. Cuando la oscuridad de la noche nos impide seguir con el avistamiento, salimos en silencio, cruzando en bosque hasta el camino, con los plantígrados a escasos cincuenta metros. Entonces, es imposible no recordar la fotografía de la mesa de autopsias del borracho muerto y devorado por un oso, al que sorprendió durmiendo la mona en un parque de los suburbios de Brasov. Aunque no es la primera vez y sabes que el tema está controlado, la adrenalina sube.

En el otro extremo, una mañana de campo en Vala Lunga, zona osera, lobera y lincera, se nos ofrece un salami graso, de sabor fuerte, de oso. Nos comentan que, tradicionalmente, cuando se caza un oso, se elaboran embutidos como ese con su carne y grasa. Gastronomía paleolítica de las antiguas montañas europeas. El hombre presa de los grandes depredadores, pero cazador que devuelve el golpe cuando tiene ocasión. Según algunos descubrimientos paleontológicos recientes, el consumo de carne propició el desarrollo del cerebro en los homínidos. Se han encontrado lesiones típicas de la anemia en los restos de un cráneo infantil de hace 1,5 millones de años en Olduvai, causada por un déficit de carne.
No es extraña esta reciprocidad en comunidades que conviven con grandes depredadores. He leído como en el Amur, en el extremo oriente ruso, se considera la carne de tigre deliciosa, “sabe a pollo”, aunque no tanto como la de lince.

En la Península Ibérica no hemos sido menos. Pensando en el salami de oso me viene a la mente el testimonio de un paisano, que recoge J.A. García Diez en su libro OSOS, LANCES Y PERCANCES, sobre un oso de trescientos kilos cazado y convertido en embutidos en la cordillera cantábrica, en tiempos insultantemente recientes desde un punto de vista conservacionista: “Los chorizos gustaban pero que muy mucho a la gente; soltaban una grasina…¡qué grasina!. No es la carne del oso como la otra carne de caza. Es una carne ¿sabe? Que tiene su gracia, que tiene su qué.”

Bibliografia:
EL TIGRE, John Vaillant. Editorial DEBATE
OSOS, LANCES Y PERCANCES, J.A. García Diez  Editorial A. SAAVEDRA
Las fotografías de la expedición aquí