

En la Península Ibérica, a los lobos les ha ido mejor en el
norte que en el sur. En los años 90, las poblaciones de esta especie al sur del
río Duero, aún encontrándose estrictamente protegidas por el Convenio de Berna,
fueron empujadas al borde mismo de la extinción. Desapareció de sus últimos
bastiones extremeños, en la Sierra de San Pedro, y únicamente sobrevive un
pequeño e indeterminado número de familias en las grandes fincas de caza mayor.
Para conservar a los grandes depredadores, imprescindibles para que los ecosistemas que habitan pervivan y con una presencia en nuestra historia y cultura que los convierte en un patrimonio único, es necesario cambiar la percepción de las gentes que conviven con ellos. Las personas que, evidentemente, sufren los daños económicos que, aunque tremendamente exagerados por otros intereses, han de llegar a pensar que tener lobos en su territorio les reporta un beneficio. No es de esperar más que tolerancia, al menos durante una generación, pero esto ya sería un gran logro a la hora de conservar a estas joyas biológicas.
Pedro, un buen amigo, nació, creció y se hizo hombre en una de las zonas loberas más densas de España. Me contaba como durante las fiestas de San Juan en su comarca era tradicional subir a la sierra para capturar una camada de lobo. Los cachorros, completamente indefensos en esas fechas, eran localizados por los pastores. El vaho de la respiración de los lobeznos acurrucados entre el brezo, bastaba para que los entrenados ojos de estos hombres de campo dieran con la escondida lobera y sellar su terrible destino. No participar en estas actividades, me contaba Pedro, suponía el rechazo social de toda la comunidad.
El turismo lobero puede salvar al lobo.
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